sandías en verano

Hoy me han venido a la mente sus manos.

Hacía calor, mucho calor. Como no iba a hacerlo en el pueblo, en agosto, a las 5 de la tarde. Ni una brisa en la calle, y un sol abrasador que me acompañaba a lo largo de toda la cuesta que llevaba a su casa. Los grillos cantaban. Y los perros dormían la siesta en los portales.

Y él no se olvidaba nunca. Tenía preparado el pan, el tomate, el aceite. Y el jamón. Y preparaba el más rico y sabroso de todos los bocadillos.

Y mientras me lo comía él se sentaba en aquella vieja cocina, casi a oscuras para no dejar entrar ni una gota de verano, de pleno agosto, abrasador. Y me observaba. Y yo sólo tenía que contarle a qué había jugado, o con quién había estado, si había llegado alguien a pasar lo que restaba de mes.

Y de postre sandía. Fresca y jugosa sandía. Él le había quitado todas las pepitas.

Aquellos ratos el verano era fresco y amable. Una brisa en el cuerpo. Un abrazo. La seguridad de tenerle.

Hoy me ha venido a la mente su ausencia.

A veces me pongo inmadura, y me enfado porque no entiendo por qué la vida no puede ser siempre así. Como una fresca sandía sin pepitas en pleno agosto. Con la seguridad de que él siempre iba a estar ahí.

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