Se preguntaba a menudo si lo que veía era visto de igual modo por sus congéneres. Si las melancólicas visiones que siempre tenía eran compartidas por aquellos que hablaban de explosiones de color en primavera, de brillantes y frondosos bosques en verano, acompañados de mares infinitos de calma, de tonalidades de sol en otoño.
No podía entender a la gente que andaba sonriendo, cantando alegrías, viviendo felices, cuando la soledad era todo lo que ella podía percibir.
Pasó mucho tiempo hasta que descubrió que su eterno letargo de tristeza se debía a que sus ojos sólo podían ver en blanco y negro.
Para entonces había aprendido a amar el gris de su vida, lleno de contrastes, repleto de horizontes.





