




No encontré, aunque lo busqué, nada con lo que poder odiarle.
Me habían dicho que ahí fuera había gente diferente, con ideas diferentes, que me buscaban, que amenazaban lo que yo soy, lo que yo vivo. Y mi miedo se acrecentó conforme me daban a comer imágenes, discursos, palabras de odio.
Me preparé para todo lo que pudiera venir, para enfrentarme a aquél que quisiera arrebatarme mis afectos, mis rutinas, mi forma de pensar o de sentir.
Todo ese miedo lo transformé en odio, y así esperé.
Y cuando llegó vino sin ropas, sin colores, sin banderas. Y no supe ver si era de los míos o de los otros. Así que nos sentamos, a hablar.
